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AMLO, enemigo de la democracia y promotor de la intolerancia

Capital Digital
Capital Digital redessociales@capitalmedia.mx
Hace 2 meses
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Si alguna prueba faltaba para calibrar a Andrés Manuel López Obrador con su verdadero rostro autoritario, su polémica con Jesús Silva Herzog Márquez y Enrique Krauze y sus ataques contra Raymundo Riva Palacio corrieron el velo de la falsedad.

La argumentación del artículo de SilvaHerzog Márquez en Reforma el lunes 5 de febrero contenía elementos suficientes para un debate de fondo, de ideas, de argumentaciones. El indicio peligroso que mostró López Obrador fue perfilar una Siberia mexicana estalinista para aquéllos no sólo que no piensen como él, sino que se atrevan a escribirlo. Por tanto, el tabasqueño buscó reprimir las libertades de opinión, de prensa y de pensamiento.

La arremetida del precandidato de Morena contra el historiador y escritor político Enrique Krauze anduvo por las mismas. El esquema maniqueísta ideológico (intolerancia de corte religioso) de López Obrador entre liberales y conservadores raya en el autoritarismo peligroso de Carl Schmitt porque asume la política como la relación amigo-enemigo, base de la ideología excluyente nazista.

Pero como la formación en teoría política de López Obrador es escasa, entonces su enfrentamiento –no discusión o debate– con Silva Herzog-Márquez y Krauze reveló sus parecidos con Trump: eludir las ideas, atacar vía twitter, descalificar al adversario, desdeñar el debate. La única diferencia radica en que López Obrador lo hace “con todo respeto” y Trump es un atrabancado.

Aún a tiempo, López Obrador mostró los perfiles de su Presidencia ante la crítica. Hasta ahora el filósofo radical Karl Marx se ha salvado de los ataques de López Obrador, y no porque esté muerto sino porque el tabasqueño no ha leído El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte donde Marx analiza la transformación de un líder político en caudillo autoritario. Cuando López Obrador descubría que se puede usar a Marx en el análisis de las bases lopezobradoristas como lumpen, no duden en que lo mandará al casillero de la mafia del poder.

El asunto es político, no ideológico. López Obrador no ha leído el estudio de Edmundo O´Gorman que señala que el siglo XIX mexicano se salvó de la catástrofe cuando la modernización convirtió a los conservadores en liberales y a los liberales en conservadores. Y como “ya saben quién”, López Obrador no ha leído los ensayos seminales de la democracia mexicana que escribió Krauze –El timón y la tormenta y Por una democracia sin adjetivos– ni la más sólida revelación de la caja negra del sistema político priista: La presidencia imperial.

Los rasgos de esa presidencia imperial priista mexicana han reaparecido en López Obrador para dibujarlo como un político anti intelectual, como se vio en su desdén a Carlos Monsiváis en 2006 cuando este escritor criticó el plantón de tiendas de campaña vacías en Reforma para obligar a las autoridades electorales a entregarle la presidencia al margen de los procedimientos legales.

Lo malo para López Obrador es que sus reacciones autoritarias y excluyentes ya no intimidan porque la dinámica del desarrollo político de la sociedad impediría los silencios sumisos del pasado priista, aunque sí estarían llevando a una polarización a la venezolana.

Y el dato mayor: en caso de ganar las elecciones presidenciales, López Obrador tendría menos de 30 por ciento de los votos y sin mayoría legislativa, por lo que comportamientos contra la libertad de expresión, prensa, pensamiento y opinión serían la base de una dictadura bonapartista.

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