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Cuáles son los elementos imprescindibles en la ofrenda de Día de Muertos

01 de noviembre de 2018
05:23 PM UTC
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Como cada año, y de acuerdo a la creencia, los mexicanos levantan altares dedicados a sus amigos y familiares muertos con el propósito de recibirlos con un banquete, bebida, luz y flores, porque reencontrarse es una gran fiesta.

De acuerdo a la Secretaría de Cultura federal, la ofrenda es ese ritual colorido donde el individuo y la comunidad están representados con su dádiva. Ofrendar, en el Día de Muertos, es compartir con los difuntos el pan, la sal, las frutas, los manjares culinarios, el agua y, si son adultos, el vino.

Estos altares son una muestra de la mezcla cultural donde los europeos pusieron algunas flores, ceras, velas y veladoras; los indígenas le agregaron el sahumerio con su copal y la comida y la flor de cempasúchil.

El altar puede ser adornado con papel picado, con telas de seda y satín donde descansan también figuras de barro, incensario o ropa limpia para recibir a las ánimas.

Pero existen otros elementos que son indispensables en los altares para recibir a las ánimas, como lo son el agua, considerada como representación de la fuente de la vida. Se ofrece a las ánimas para que mitiguen su sed después de su largo recorrido y para que fortalezcan su regreso.

En algunas culturas simboliza la pureza del alma. La sal. El elemento de purificación, sirve para que el cuerpo no se corrompa, en su viaje de ida y vuelta para el siguiente año. Para dar luz a las almas se requiere de velas y veladoras. Los antiguos mexicanos utilizaban rajas de ocote.

La flama que producen significa, además de la luz, la fe y la esperanza; y sirve como guía para que las ánimas puedan llegar a sus antiguos lugares y alumbrar el regreso a su morada. “En varias comunidades indígenas cada vela representa un difunto, es decir, el número de veladoras que tendrá el altar dependerá de las almas que quiera recibir la familia.

Si los cirios o los candeleros son morados, es señal de duelo; y si se ponen cuatro de éstos en cruz, representan los cuatro puntos cardinales, de manera que el ánima pueda orientarse hasta encontrar su camino y su casa”, informó la Secretaría.

La temporada de Día de Muertos no sólo es enmarcada por el colorido naranja de las flores, sino también por el característico aroma del copal e incienso.

El copal era ofrecido por los indígenas a sus dioses ya que el incienso aún no se conocía, este llegó con los españoles. Colocar un sahumerio en el altar a los muertos sublima la oración o alabanza de los seres queridos.

Además, se utiliza para limpiar al lugar de los malos espíritus y así el alma pueda entrar a su casa sin ningún peligro.

Las flores, principalmente cempasúchil y terciopelo, son símbolo de la festividad por sus colores y estelas aromáticas.

Adornan y aromatizan el lugar durante la estancia del ánima, la cual al marcharse se irá contenta. El alhelí y la nube no pueden faltar, pues su color blanco significa pureza y ternura, y acompañan a las ánimas de los niños.

En muchos lugares del país se acostumbra poner caminos de pétalos que sirven para guiar al difunto del camposanto a la ofrenda y viceversa.

La flor amarilla del cempasuchil deshojada, es el camino del color y olor que trazan las rutas a las ánimas. Un elemento más, pero que va en desuso en las grandes ciudades, no así en las comunidades, es el petate. Entre los múltiples usos del petate se encuentra el de cama, mesa o mortaja.

En este particular día funciona para que las ánimas descansen así como de mantel para colocar los alimentos de la ofrenda. El izcuintle. Lo que no debe faltar en los altares para niños es el perrito izcuintle en juguete, para que las ánimas de los pequeños se sientan contentas al llegar al banquete.

El perrito izcuintle es el que ayuda a las almas a cruzar el caudaloso río Chiconauhuapan, que es el último paso para llegar al Mictlán.

Elaborado de diferentes formas, el pan es uno de los elementos más preciados en el altar. La mayoría se conoce como hojaldra y éste representa el cráneo y las cuatro extremidades de los cuerpos. Su forma es redonda como lo es el ciclo de la vida y muerte.

Otros objetos para rememorar y ofrendar a los fieles difuntos son el retrato, para recordar al alma que nos visitará; pero este debe quedar escondido, de manera que sólo pueda verse con un espejo, para dar a entender que al ser querido se le puede ver, pero ya no existe.

Pueden colocarse otras imágenes de santos, para que sirvan como medio de interrelación entre muertos y vivos, ya que en el altar son sinónimo de las buenas relaciones sociales.

Además, simbolizan la paz en el hogar y la firme aceptación de compartir los alimentos, como las manzanas, que representa la sangre, y la amabilidad a través de la calabaza en dulce de tacha.

El mole con pollo, gallina o guajolote, es el platillo favorito que ponen en el altar muchos indígenas de todo el país, aunque también le agregan barbacoa con todo y consomé.

El banquete de la cocina es en honor de los seres recordados, y tiene como propósito deleitar al ánima que nos visita. Se puede incluir el chocolate de agua.

La tradición prehispánica dice que los invitados tomaban chocolate preparado con el agua que usaba el difunto para bañarse, de manera que los visitantes se impregnaban de la esencia del difunto.

Las calaveras de azúcar medianas son alusión a la muerte siempre presente. Las calaveras chicas son dedicadas a la Santísima Trinidad y la grande al Padre Eterno.

Otros elementos son el licor es para que recuerde los grandes acontecimientos agradables durante su vida y se decida a visitarnos.

Una cruz grande de ceniza, sirve para que al llegar el ánima hasta el altar pueda expiar sus culpas pendientes. A los niños muertos se les ponen dulces de alfeñique, pasta elaborada con azúcar; con este material se fabrican figuras de animalitos, canastitas con flores, zapatos, ánimas y ataúdes.

En otros lugares, los altares se adornan con juguetitos de barro pintado con colores alegres; así cuando lleguen las ánimas de los difuntos “chiquitos” podrán jugar tal como lo hacían en vida.

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